viernes, 17 de mayo de 2013

Smile - Capítulo 01


Ya estaba en casa, ¡al fin! Además, faltaban dos días, dos días para por fin cumplir ocho años. Realmente aquellos dos días fueron largos, por no decir eternos. Echaba de menos mi casa, mi dulce casa. Me pareció estar media vida metido en el hospital, pero sólo fueron unos insignificantes días que ahora formaban parte del pasado.
Seguía sintiéndome muy raro, y aquel nuevo ojo me daba dolores cada dos por tres. Aquel dolor.. era prácticamente como si sintiera pinchazos en aquel ojo, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez. Me dolía casi todo el tiempo, y sobretodo cuando me enfadaba. Me sentía muy furioso por pequeñas tonterías, por cosas por las que no debería enfadarme. Aun así, lo hacía. Comenzaba a romper cosas, gritar a mis padres y luego encerrarme en mi habitación. El pulso siempre se me aceleraba muchísimo en aquellos momentos, además de el insufrible dolor que sentía en el ojo nuevo.Sin embargo, al fin llegó mi glorioso día, mi cumpleaños.

Había notado que padre y madre se fueron temprano a casa. Iban a comprar mi regalo, eso era lo que yo pensaba una y otra vez con una emoción que invadía todo mi ser. ¿Qué podría hacer? Los segundos me parecían eternos, los minutos.. y las horas. Padre y madre tardaban demasiado. ¿Es que no encontraban mi regalo perfecto? ¿El regalo es bastante grande y pesado, y por ello tardan tanto en volver? También ansiaba que me felicitaran, y que probara un dulce con la vela en forma de ocho. Sí... lo deseaba profundamente. Salí de mi habitación y exploré toda la casa por si lograba verles, pero no habían vuelto. Pensé en buscarme mi propio regalo, así que cogí mis ahorros y me dispuse a salir a la calle, solo. ¿Qué podría comprar? Realmente no sabía qué hacer con aquel dinero ahorrado. Iba visitando las pequeñas tiendas, y todo lo que me gustaba, era demasiado para el dinero que tenía. Sólo una cosa que me llamó la atención, pude comprar, se trataba de una libreta. Me quedé observando aquella libreta, de un color marrón casi negro y con la tapa de piel, seguramente falsa. Aquel aroma que desprendía al abrirla me cautivó, así que me llevé esa libreta. El señor que me atendió se tomó la molestia de envolver mi libreta, era todo un regalo. Con una pequeña sonrisa en el rostro me dirigí a casa, para luego entrar en ella y volver a fijarme en que mis padres no habían vuelto.

Mi casa... era humilde, pero no tanto. La típica casa japonesa, decorada con un suelo fino y de madera, con muebles un tanto viejos y con algunas partes hundidas, aquello lo había hecho yo en mis rabietas. Llegué al comedor y me mantuve allí, sentado y contemplando aquella libreta, como si la analizara. No pude evitar volver a olfatear y sentir aquel agradable olor que desprendía, que la hacía irresistible. Apoyé los codos sobre la mesa de madera y seguí esperando a mis padres, esperando su llegada. Pasaban las horas, y aquel agobiante silencio no cesaba. Estaba recostado sobre la mesa, sin dejar de contemplar aquella libreta. Luego pensé en prepararme algo de comer. ¿Qué podría preparar un chico de casi ocho años?
Decidí prepararme un poco de arroz, ya que tenía hambre.Bajé de la mesa y me dirigí a la cocina, que estaba contigua al comedor. Era una cocina abierta y amplia, pero no demasiado. Con todas las dificultades, y experimentando, logré hacer arroz, pero me salió el tiro por la culata. Me había quedado pastoso y medio pegado, era horrible. Solté un suspiro al ver el aspecto que tenía y me serví aquel arroz en un bol.
Luego le eché un ojo a un paquete de cerillas, así que lo cogí y me dirigí nuevamente al comedor y tomé asiento. Dejé el paquete de cerillas junto a mi libreta, mientras empezaba a comer sin dejar de observarlo.Tenía un pequeño plan, y ya estaba atardeciendo. Dejé de comer y cogí el paquete de cerillas. Me gustaba el tacto que tenía, era tan.. ¿seco? No sabría cómo explicarlo. Despacio, abrí aquel paquete y contemplé las cerillas, un tanto revueltas ya que no quedaban muchas. Cogí una de las cerillas y la deslicé por la lateral de la caja, encendiéndola. Me quedé contemplando aquella llama, que iluminaba aquella zona pues el comedor ya estaba algo oscuro debido al atardecer. Sentía un nudo en la garganta, un nudo muy incómodo y molesto, no quería esa sensación en aquel momento. Sin embargo, no podía evitar sentirme así. Coloqué la cerilla sobre el arroz, se mantenía perfectamente erguida ya que el arroz estaba pastoso. Estuve unos segundos observando aquello, lo que parecía mi primera y única tarta para los ocho años.
No sé por qué, pero en aquel momento me sentí con la necesidad de cantarme la célebre canción que se cantaba en los cumpleaños, la que la familia cantaba a la persona que cumplía años. Comencé a cantarla en voz baja, y mi voz cada vez se iba rompiendo más en sollozos. Al terminar de cantar aquella canción, sin poder evitarlo, las lágrimas invadieron mis ojos y acabaron recorriendo mi mejilla, acabé notando un sabor salado, algunas lágrimas llegaron a mis labios. Volví a sentirme con una rabia inmensa en mi interior, notaba una especie de calor que se esparcía por todo mi cuerpo. Me encogí y temblé levemente, con los ojos cerrados. Volví a abrir los ojos bruscamente y cogí aquel bol que tenía frente a mí, y lo tiré hacia el suelo con brutalidad. El bol se rompió, y lo que era el arroz acabó en el suelo, algo esparcido.
No hice más que gruñir y estaba deseoso de romper cualquier cosa, golpeé varias veces la mesa con el puño sin demasiada fuerza y luego sentí un fuerte pinchazo en el ojo, lo cual me encogí recostándome sobre la mesa y tapando mi ojo con la mano, volviendo a romper a llorar. A pesar de las lágrimas, seguía sintiéndome realmente furioso. Me mantuve recostado sobre la mesa y al final acabé durmiéndome, con las lágrimas esparcidas por mi rostro. No sé cuánto tiempo estuve dormido, pero desperté al notar presencia y al notar un destello, habían encendido la luz del salón. Me reincorporé y al ver a mis padres sonreí, pero inmediatamente la borré al ver a una persona más, era un hombre.
Aquel hombre, de mediana edad, tenía el pelo negro y algo grisáceo, una pequeña barba del mismo tono y los ojos bastante oscuros, mostraba una expresión serena pero amigable. A juzgar por cómo iba vestido, era una persona adinerada, una persona con una buena posición económica. Me levanté y volví a mirar a mis padres, sin comprender lo que pasaba.

-Ryota... Este señor se llama Iroshi, te cuidará durante tus vacaciones...- Dijo mi padre, mirándome. ¿Qué demonios quería decir con aquello? ¿Vacaciones en el día de mi cumpleaños? O me tenían preparado un viaje como regalo, o simplemente tramaban algo que no olía bien. No supe cómo reaccionar ante las palabras de mi padre.

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