viernes, 19 de abril de 2013
Smile - Prólogo
-Todo empezó... aquel día... ne.- Murmuré para mí mismo, sin borrar mi preciada y valiosa sonrisa. Aquellos años que recordaba, aquel día que visualizaba, se trataba nada más ni nada menos que el origen y el principio de lo que sería ahora mi vida, y mi auténtico yo.
Tenía siete años, en una semana y media ya cumpliría los ocho y estaba muy feliz. Jugaba en el pequeño jardín de mi casa, con el kunai que me había traído padre para que entrenara con él. Corría de un lado a otro, viéndome como un auténtico ninja de Sunagakure, un ninja respetado y querido por todos, pero al mismo tiempo temido por los que vivían en el lado del mal. Padre me había prometido que me ayudaría a ser fuerte, y convertirme en un gran ninja. Sin embargo, no cumplía esa promesa.
-¡Mamá, papá! ¡Miradme, soy un ninja de Sunagakure!- Exclamaba yo, riendo y corriendo de un lado a otro con aquel kunai... que aún me pesaba. Padre estaba despistado, tanto que no se dio cuenta de que corría con un arma punzante. Madre estaba pendiente en la cocina, hasta que un fuerte grito les hizo prestarme atención.
Me había tropezado hacia delante, y lo último que llegué a ver fue aquel gran kunai, que se dirigía a mi ojo izquierdo. Cuando me vi en el suelo, no veía nada por ese ojo, sin embargo sentía un gran dolor, un dolor simplemente insoportable que me hizo llorar en el acto, y gritar como si se me fuera a escapar el alma.
Era ese grito el que hizo que padre y madre me prestaran atención, se asomaron a ver lo que ocurría, y a mí se me iba nublando la vista. A juzgar por el.. ¿frescor..? que sentía por mi rostro, sangraba bastante. Cuando vi el rostro de padre y madre delante de mí, perdí la consciencia.
En aquel momento, cuando perdí la consciencia, estaba soñando. Veía que padre estaba orgulloso de mí, y yo había sido un buen hijo, y un grandioso ninja. Aquel sueño fue interrumpido cuando abrí un poco mi ojo derecho, sintiendo mucho mareo. Lo único que pude ver fue lo que parecía un médico, luego volví a recaer gracias a que me durmieron con un tranquilizante.
Habían pasado horas hasta que logré despertar, y lo primero que vi fue a madre, que estaba tendida sobre la camilla en la que yo estaba, dormida. Yo me sentía muy aturdido, no sabía qué me había pasado exactamente, hasta que escuché una voz, la de mi padre.
-Ryo..Ryota... Al fin despiertas, hijo...- Lentamente dirigí mi mirada hacia él, que estaba situado a mi izquierda y no lograba verle con el ojo izquierdo. Al notar mi limitada visión, me llevé la mano hacia aquel ojo con miedo, hasta que finalmente toqué... y se trataban de unas vendas, sólo vendas.
-Pa..papá.. ¿qué ha pasado?- Pregunté con mi delicada y dulce voz, que estaba algo débil debido a lo ocurrido, y a la anestesia. Aquella zona, donde se situaba lo que era mi ojo... no dejaba de dolerme. Aquel dolor estaba constantemente empujándome a llorar, sin más.
-Descansa, hijo.. Has tenido un.. pequeño.. accidente.- Pude ver cómo me sonreía con tristeza, veía aquella tristeza dibujada en su rostro, que trató de ocultar con aquella sonrisa.
¿Quién iba a imaginar, que acabaría en el hospital? Fueron pasando los días, y yo seguía encerrado en las cuatro paredes. Aunque, había muchas veces en el que escapaba de la habitación y trataba de divertirme, vestido con aquel típico camisón de.. paciente. Siempre "jugaba" al pilla pilla con las enfermeras, porque siempre me perseguían de un lado a otro para que volviera a mi habitación. Padre y madre me visitaban todos los días, hasta que llegó aquel deseado día, que iba a cambiar mi vida para siempre...
El doctor me había dicho lo que me había pasado, y que no podía preocuparme de nada, ya que iba a tener un ojo nuevo. ¡Qué extraño! Pensaba siempre, pero por otro lado estaba ansioso por ver aquel ojo. Al final... me llevé una gran sorpresa.
Padre y madre estaban conmigo cuando el doctor entró para quitarme la venda. Él tomó asiento al lado de mi camilla y me dedicó una sonrisa tranquilizadora.
-Ahora vamos a comprobar qué tal te queda tu nuevo ojo, ¿sí...? Seguro que te gustará.- Dijo aquello último con duda, pero sin que se notara demasiado. Por lo que veía, yo era el único que deseaba ver mi ojo nuevo. Padre y madre no mostraban una buena cara, no sabía si me apoyaban en aquel momento.
-¡Sí!- Asentí yo, con energía. También deseaba marcharme de allí, lo cierto es que desde que desperté días atrás me sentía raro, no sabría cómo explicarlo. Tal vez bastaría con decir que muchas veces me sentía muy enfadado con todos, o agresivo, como decían por ahí.
El doctor acarició mi verdoso y largo pelo y comenzó finalmente a quitarme aquella venda, poco a poco. Mi paciencia llegaba al límite, y cuando por fin me quitó la venda, tuve miedo de abrir el ojo. Sin embargo el doctor me animó a que lo hiciera.
-Vamos, deja que te vea tu nuevo ojo, pequeño.- Decía él, sin borrar aquella amable sonrisa. Me armé de valor y, en cuanto abrí el ojo, ya podía ver todo con claridad. Pude ver con claridad la mala expresión que tenían mis padres al ver mi nuevo ojo, y pude ver claramente que la tranquilizadora y aparentemente eterna sonrisa del doctor, también se borró.
Yo no entendía el por qué, sólo les miraba esperando a que dijeran algo. Realmente yo estaba emocionado. El doctor al fin espabiló y, con algo de duda, puso un pequeño espejo frente a mí para que pudiera verme. Lo que vi... hizo que mi emoción y alegría desaparecieran en el acto. ¿Qué demonios era aquel ojo...? Ese ojo amarillento, con la esclerótica de color negro, que desde ese momento iba a sustituir al ojo turquesa que había perdido. ¿Tenía que ser así, siempre.. ese ojo?
Ese inesperado cambio, dio una vuelta inmensa a mi vida, y es aquí... cuando empezó mi verdadera historia.
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