domingo, 14 de abril de 2013

Konoha's school - 10 - Cita y traición


Llegó la deseosa tarde, en el que Daichi iba a enfrentarse a Hidan, y en el que Doku tenía un misterioso plan. Habían quedado en el callejón que estaba cerca del instituto, Daichi llevaba unos minutos allí esperando a su oponente que al fin llegó.

-Acabemos con esto de una vez, chico.- Dijo Hidan con su malévola sonrisa, deseoso de acabar con Daichi.

Sin más dilación, el encuentro acabó convirtiéndose en una pelea. La familia Hyuuga estaba un tanto especializada en lucha, así que Daichi no tenía ningún problema, más bien él sería un problema para el albino. Mientras tanto, la otra albina paseaba por la calle, cuando no tardó en toparse con aquel rubiales llamado Deidara. Éste había ido con Hidan al callejón, pero luego se dispuso a ir por su camino. El rubiales se alegró de ver a Kagura.

-¡Kagura-chan! ¿Qué haces por aquí?- Preguntó aquel chico, poniéndose en frente de la albina.

-Dar una vuelta...- Respondió ella. No tardó en oír el jaleo que montaban Daichi y Hidan, pero ignoró aquellos ruidos pensando que serían otras personas. -Supongo que tú estarás haciendo el malo de aquí para allá...

-Ahaha... más o menos.- Se rascó la nuca, sin saber muy bien qué decirle a aquella joven. -Oe, hablando de hacer cosas malas... ¿Qué tal si te invito a comer, y luego hacemos un simpa..mh?-

Ella se quedó un momento callada y cerró los ojos, girando levemente la cabeza hacia otra dirección.

-Pediré comida cara... Más vale que valga la pena esa comida.- Dijo, volviendo a mirarle con aquella expresión inocente y al mismo tiempo inexpresivo. A Deidara se le dibujó una sonrisa en su rostro.

-¡Genial! ¡Pide lo que quieras, sí!- Exclamó él y la rodeó con el brazo, guiándola hacia un restaurante que él conocía. La mirada que Kagura le dio hizo que apartara el brazo, pues su mirada decía bastante.

No tardaron en llegar a aquel restaurante, entraron y cuando escogieron mesa, aquel rubiales fue un caballero y le ofreció el asiento a Kagura. Ella se sentó en aquella silla y finalmente Deidara se sentó frente a ella. Como bien había advertido la albina, pidió un plato bien caro, compuesto por carne y cosas así. El rubiales tampoco se cortó un pelo y pidió otro plato caro, éste de langosta, para así aprovechar y ofrecerle un trozo a Kagura.
Estuvieron charlando, aunque la albina no era de muchas palabras. Sólo se limitaba a escucharle y algunas veces contestarle, y quitarle un poco de langosta al chico. Deidara prácticamente estaba embobado con aquella joven, aunque nunca lo reconoce delante de sus amigos o compañeros de banda, pero todos o la mayor parte de ellos lo sabe.

Finalmente terminaron de comer. Deidara miró alrededor comprobando que los camareros estaban despistados y, tras dar la cuenta atrás, ambos se levantaron rápidamente y se dispusieron a salir de allí corriendo. Aunque el dueño del restaurante atrapó a Kagura agarrándola del brazo, ésta se sorprendió y el rubiales la miró, deteniéndose. La albina miró a aquel hombre con una mirada de cordero degollado.

-Fue él... Él me dijo que lo hiciera...me obligó...- Dijo, con su neutra y hermosa voz. Deidara abrió los ojos como platos, sobresaltado por lo que dijo. Aquel hombre miró mal al rubiales, que no era la primera vez que hacía un simpa y se iba de rositas. Soltó a la joven y se dirigió a él agarrándole por el cuello de la camisa.

-¿Q-qué? ¡Y-yo no..!- Exclamó el rubiales, sobresaltado.- ¡S-suéltame vejestorio!

-Tú te quedas conmigo, chaval. Ayudarás a los camareros a servir, ¿verdad que sí?- Dijo él, con tono amenazante. Deidara trató de escapar pero aquel tipo le tenía bien agarrado. Al final acabó rindiéndose y cediendo.

Realmente, Kagura también solía hacer simpas y más travesuras, pero siempre se salía con la suya con aquella penetrante mirada, aquel inexpresivo y dulce rostro, que hechizaba a cualquiera. Al final, en cuanto vio a Deidara con un uniforme de camarero, esbozó una pequeña sonrisa y se acercó a él.

-Estás muy sexy de camarero...- Dijo ella, sonriendo levemente. Aquella sonrisa era muy dulce, tanto que daba mal rollo. Éste se ruborizó y desvió la mirada, cruzándose de brazos. Estaba molesto. -Nos vemos otro día, rubiales.-

Finalmente, Kagura se fue de allí sin pagar y sin pagar las consecuencias, prácticamente se fue de rositas. Mientras tanto, aquellos dos seguían con la dichosa pelea. Tenían la ropa magullada, algo de sangre por la nariz y la boca, algunos hinchazones y poco más. Hidan había acabado en el suelo, medio sentado.

-¿Ya has aprendido la lección, Hidan..?- Preguntó Daichi, mostrando una inexpresiva mirada sobre él.

-¿Te crees que ya has ganado? ¡Ja! ¡Serás mi sacrificio para Jashin aquí y ahora!- Rió a carcajadas y, finalmente, apareció Doku en escena.

Éste se acercó, sin decir una palabra. Daichi al verle se sorprendió bastante. -¿Do-doku..?- Murmuró, mirando cómo se acercaba. Éste finalmente se puso frente a Daichi.

-¿Estás bien...?- Daichi fue a contestar, pero Doku no le dio tiempo a reaccionar. Éste le encestó un buen puñetazo en el estómago, alzándole levemente. Daichi se encogió debido a aquel golpe, quejándose. Mientras, el albino se levantó y observó la escena de brazos cruzados, sonriendo con maldad.

Después de aquel golpe, Doku le agarró con fuerza de la camisa y  tras echarle contra la pared con brusquedad, se mantuvo sujetándole con fuerza. Daichi cerró los ojos por el golpe contra la pared.

-Te estás acercando demasiado a Hebi...Y no.. no pienso permitir que me la arrebates. Sólo te lo diré una vez, Hyuuga... No te acerques a ella.- Dijo casi susurrando, bastante amenazante. Él se mantuvo escuchándole, mirándole a los ojos. Estaba muy incrédulo además de dolorido.

Tras aquella amenaza, Doku, agarrándole de la camisa, hizo que acabara en el suelo bruscamente. Luego se sacudió las manos. Daichi se mantuvo en el suelo aún dolorido por el fuerte golpe que recibió en el estómago, pero no dejaba de mirar a Doku.

-Do-doku.. ¿por qué..?- Murmuró él, de forma entrecortada.

-Ya he acabado... Haz lo que tengas que hacer. Y ya sabes, no volváis a tocar a Hebi. - Tras decir esto, se metió las manos en los bolsillos y se dispuso a marcharse del callejón.

-Eres genial azulado, podrías encajar bien en nuestra banda.- Dijo aquel albino con una malévola sonrisa, mientras dibujaba un círculo con tinta alrededor de Daichi, que se mantuvo en el suelo mirando cómo se iba.

-Yo voy por mi cuenta...- Después de decir aquello, desapareció.

Hidan comenzó a hacer el ritual de "sacrificio" para su Dios. Él tenía en su puño cerrado y alzado cerca de sus labios, una cadena que podría simbolizar su religión o Dios. Comenzó a murmurar palabras después de completar aquel círculo con unos símbolos y estuvo un rato con su ritual.
Mientras, el joven Hyuuga no se movió en ningún momento. Mantenía la mirada perdida y vacía, ignorando las acciones del albino.

Éste al final terminó y como despedida, le dio una pequeña patada a Daichi y se fue alejando, a paso tranquilo. -Ha sido divertido... No te lo tomes a mal, Daichi. ¡En algún día tenía que pasar!- Exclamó Hidan, riendo a carcajadas mientras que se iba, hasta que finalmente sus risas dejaron de oírse en la lejanía.

Daichi volvió a quejarse por la patada, pues le había dado justo en el estómago que ya se le había aliviado más o menos el dolor. Tras estar encogido por el dolor durante unos minutos, acabó levantándose y llevándose la mano al estómago y con la misma mirada que tenía durante el "ritual", se fue a su casa con paso lento.

No hay comentarios:

Publicar un comentario